Todos los caminos de la ciudad de México llevan al Zócalo, pero para cada persona el camino es distinto. Yo llegué hasta aquí buscando historias. Aquí, en el centro de la ciudad de México, bajo un sol inclemente o bajo las súbitas tormentas de la temporada de lluvias que amenazan con inundar las carpas de los huelguistas, hablo con los trabajadores y trabajadoras de Luz y Fuerza del Centro que se mantienen en huelga de hambre en su lucha para recuperar su empleo. Contra los grandes medios de comunicación y contra el reloj que avanza en su contra. Estas son sus historias.

domingo, 6 de junio de 2010

Cuento nocturno - día 43


La voz quebrada del narrador se esparce queda a través de la carpa que se ondula bajo el viento. Es de noche. Un soplo de aire ¡al fin! Alivia el calor de los huelguistas. Es hora de brujas, hora de cuentos. Marco, feliz por tener a un pequeño auditorio a sus pies, sigue narrando cómo fue que, hace ya casi diez años, logró al fin cruzar La Línea que lleva al país donde los sueños se hacen realidad…

***

Hubo, pues, una cuarta vez. Cruzaron La Línea a pie, cargando cada quién con su garrafón de agua y unos granos de sal en el bolsillo. El paisaje era el mismo a ambos lados de la frontera: un desierto interminable. Pero del lado gringo, grandes faros barrían el paisaje nocturno en busca de migrantes ilegales. Como en una cárcel al aire libre. Los migrantes ilegales, Marco entre ellos, se arrastraban por la cuneta para no ser vistos por los carros. Llegaron al puesto de migración que corta la carretera desde un cerro con vistas a quilómetros a la redonda, y uno a uno, en silencio, se arrastraron bajo alambres, a escasos metros de la migra. El último de ellos iba borrando el rastro…

***

Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa
revela insensibilidad. El que ríe
es que no ha oído aún la noticia terrible,
aún no le ha llegado.

¡Qué tiempos éstos en que
hablar sobre árboles es casi un crimen
porque supone callar sobre tantas alevosías!
Ese hombre que va tranquilamente por la calle
¿lo encontrarán sus amigos
cuando lo necesiten?

***

Los dos polleros, hombres de mucha experiencia, indicaron entonces al grupo de 17 migrantes que se escondiera en unas cuevas. Allí había extraños animales en la oscuridad, miedos invisibles tan viejos como la humanidad. La piel de una serpiente cascabel entre las manos. Sonidos espeluznantes. Pero debían quedarse allí, acurrucados en las cuevas, rezando. Al rato pasó el mosca a la caza de migrantes: un helicóptero armado con potentes focos, milagros tecnológicos capaces de convertir la noche más oscura en día. Temblando en las cuevas, los migrantes cruzaron los dedos…

***

Es cierto que aún me gano la vida
Pero, creedme. Es pura casualidad. Nada
de lo que hago me da derecho a hartarme.
Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara,
[estoy perdido).
Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»
Pero ¿cómo puedo comer y beber
si al hambriento le quito lo que como
y mi vaso de agua le hace falta al sediento?
Y, sin embargo, como y bebo.

***

Días interminables. La reserva de agua de cada uno de ellos va disminuyendo. Marco hace buenas migas con un chavo de Irapuato. Por momentos, quisieran salir a pecho descubierto a la carretera y ser deportados, acabar con este esfuerzo inhumano y sin garantía alguna de éxito. Se arrastran por las cunetas y los desagües, se arrastran entre el barro, metro a metro. De repente, una patrulla se detiene junto a ellos ¿los habrá visto?. ¡Escóndanse, rápido! Sin lugar donde esconderse, Marco se hace cochinilla entre unas piedras y hierbas y se queda quieto, quieto…

***

Me gustaría ser sabio también.
Los viejos libros explican la sabiduría:
apartarse de las luchas del mundo y transcurrir
sin inquietudes nuestro breve tiempo.
Librarse de la violencia.
dar bien por mal,
no satisfacer los deseos y hasta
olvidarlos: tal es la sabiduría.
Pero yo no puedo hacer nada de esto:
verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

***

Amontonados, los migrantes se acomodan entre unos tupidos arbustos para descansar un rato mientras esperan su transporte. No llevan cobijas que les resguarden del frío, y el frío es terrible esta noche. Se acurrucan unos contra otros para darse un poco de calor, hablan, rezan. Luego, en la madrugada, llega el transporte. Los polleros les avisan: ha llegado el momento. Una camioneta se ha detenido un instante junto a ellos. Marco es de los primeros en subirse. Queda mal colocado, con una de las piernas rozando el cardán de la camioneta y el otro pie aplastado por el peso del compañero de Irapuato. Pero no hay manera de reacomodarse. Las horas pasan y la camioneta atraviesa la noche en dirección a Los Ángeles. El cardán se calienta y la piel de Marco se va chamuscando lentamente. El otro pie hace rato que ha dejado de sentirlo…

***

Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,
cuando el hambre reinaba.
Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía
y me rebelé con ellos.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.
Mi pan lo comí entre batalla y batalla.
Entre los asesinos dormí.
Hice el amor sin prestarle atención
y contemplé la naturaleza con impaciencia.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.
La palabra me traicionaba al verdugo.
Poco podía yo. Y los poderosos
se sentían más tranquilos sin mí. Lo sabía.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

***

Están ya en Los Ángeles. De repente, sobre un puente, en el lugar más inoportuno, la camioneta se descompone. Rápidamente, los polleros sacan a los migrantes antes de que llegue la policía. Marco es el último en salir, ayudado por el chavo de Irapuato, porque no puede tenerse en pie: su pie derecho está negro tras tantas horas sin circulación. Casi diez años después, todavía le duele. Conserva también la quemada en la otra pierna. Son conducidos a un departamento donde pueden descansar y comer. La noticia de la llegada de Marco llega al fin a su tío, que está en New Jersey. Rápidamente –sin tiempo para comer- alguien se lleva a Marco al aeropuerto de Los Ángeles, provisto con un ID falso y ropa limpia. Le dan las instrucciones pertinentes para subirse al avión. Marco pone su equipaje de mano sobre la cinta. Del otro lado, una chica de migración aparece de improviso. Un sudor frío recorre la frente de Marco. ¡Tan cerca ya de su meta! La chica gira la cabeza y mira hacia otro lado justo en el instante en que Marco cruza el arco…

***

Escasas eran las fuerzas. La meta
estaba muy lejos aún.
Ya se podía ver claramente, aunque para mí
fuera casi inalcanzable.
Así pasé el tiempo
que me fue concedido en la tierra.

***

El avión aterriza en Nueva York a las seis de la mañana. Justo cuando cambia el turno de migración. ¡Qué bueno es el plan! Marco ha recibido instrucciones para seguir a los pasajeros sin hacer preguntas. De repente, los pasajeros se sientan y se ponen a comer. ¿Qué hacer? ¿A quién seguir? ¿Cuál es el camino? Sólo una muchacha continúa andando. Marco opta por seguirla a ella, y acierta. A lo lejos, distingue a su tío, que le está esperando en el área de recogida de equipaje. Dos mil doscientos dólares ha costado el viaje. En ese entonces, existía el método de cruzar la frontera a través de Canadá (país que no requería visa de entrada), pero costaba aproximadamente el doble. New Jersey, con sus jugosos dólares, aguarda…

***

Vosotros, que surgiréis del marasmo
en el que nosotros nos hemos hundido,
cuando habléis de nuestras debilidades,
pensad también en los tiempos sombríos
de los que os habéis escapado.

Cambiábamos de país como de zapatos
a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos
donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
Y, sin embargo, sabíamos
que también el odio contra la bajeza
desfigura la cara.
También la ira contra la injusticia
pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
que queríamos preparar el camino para la amabilidad
no pudimos ser amables.
Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos
en que el hombre sea amigo del hombre,
pensad en nosotros
con indulgencia. “

Poema: A los hombres futuros, Bertolt Brecht

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